Veronica Baez

Mi nombre es Verónica Baez, vivo en la provincia de San Juan y tengo 41 años. Soy periodista, estudiante, mamá, repostera, mujer, hija y más, todo junto y mezclado en la misma bolsa. Trabajé en tele, radio, gráfica y sitios web. Ahora estoy en modo freelance y estudio la licenciatura en periodismo, a distancia, en la UFASTA.

Una vivió 37 años de infierno y pudo salir, la otra se sobrepone día a día al recuerdo de su hija acuchillada. Su testimonio refleja una sociedad enferma, una policía casi siempre ineficaz, una justicia lenta y selectiva y un Estado con oficinas y programas insuficientes. Sin embargo, conocerlas es comprender que hay vida después del dolor.

Sandra ceba el mate, María Rosa trajo las facturas, el destino hizo de las suyas y quienes podrían no haberse conocido nunca ahora comparten una charla.

A Sandra le mataron la hija de 160 puñaladas. Cristina Olivares se llamaba, tenía 26 años y dos hijos. Por su muerte, en un juicio histórico para la provincia, fueron condenados a reclusión perpetua el ex marido de Cristina, Miguel Ángel Palma; Rosa Videla, amante de Palma; y Noelia Corvalán, cuñada de Rosa.

A María Rosa, el hombre con el que se casó la golpeó durante 37 años. Le quedaron la falta de audición de su oído derecho, el tabique quebrado, el riñón desgarrado, dos embarazos perdidos, sólo por mencionar algo de lo que puede acreditarse. Hace 7 años dijo basta y le dio fin a su pesadilla aunque el despertar costó y cuesta.

Ambas resisten: Sandra al dolor, María Rosa a las heridas. Una admira a la otra. Podrían no haberse conocido nunca pero ahora Sandra tendrá su página en el libro que María Rosa escribe para dar a conocer su historia y María Rosa no dudó en sumarse al trabajo que Sandra realiza desde una incipiente fundación que lleva el nombre de su hija asesinada y desde donde quiere ayudar a otras víctimas de violencia de género.

En San Juan, al igual que en todo el país, una dolorosa lista se engrosa con nombres de mujeres asesinadas, ultrajadas, golpeadas. También están los que quedan: las madres sin hijas, los hijos sin madre. Y están las que zafaron de la muerte pero viven sin poder vivir. En cada caso subyace un por qué, no el por qué ignorante y atroz de quién espera encontrar un motivo que justifique la agresión, sino el por qué impotente y doloroso de no encontrar respuestas ante las injusticias, de no poder racionalizar lo inhumano.

Foto: Guillermina Cortés Sarasúa

El sábado pasado la marcha “Ni una menos” tuvo su expresión en la provincia. Sandra, que asistió, no se sintió representada, había demasiadas banderas partidarias y el grito de “vivas nos queremos” se mezclaba con otras demandas como la del aborto, con la cual María Rosa, por ejemplo, no comulga. Y entonces una vez más, ellas se proponen librar sus batallas diarias, seguir adelante y convencerse de que tienen mucho por hacer para que los 37 años de martirio y la muerte de Cristina no hayan sido en vano.

 

Sandra Rojas: Cuando el amor eclipsa el dolor
Foto: Juan Carlos Malís

Conocí a Sandra en una reunión de padres, en la salita de 4, ella no pasa desapercibida, tiene una energía y un entusiasmo como pocos. En la rueda de presentaciones trasmitió su emoción y alegría por iniciar el camino escolar del que yo creía su hijo, hasta que aclaró que era su abuela porque la mamá del nene había muerto. Pero no fue enterarme de que su hija era Cristina Olivares lo que me movilizó, no: fue ella. Fue saberla madre de otros cuatro hijos y dos nietos, hijos de Cristina. Fue saber que reconstruye su hogar cada día con amor y la convicción de que su familia merece la felicidad”. A dos años del asesinato de Cristina, ahí estaban Sandra y su esposo, Antonio Olivares, ataviados de caballero y dama antigua para el acto del 25 de Mayo. El hijo menor de Cristina hacía su primera actuación escolar pero su mamá no estaba. Sandra lloró ese día y hasta se culpó por ser ella y no su hija la que compartía ese momento.

El próximo 7 de julio se cumplirán cinco años del crimen. “Todavía duele”, dice Sandra. Ella no tuvo tiempo para elaborar un duelo, enterró una hija pero volvía a casa con seis. “Me acuerdo que le dije a Antonio, -Y ahora qué hacemos y me dijo, pensemos en los niños”. Mientras Sandra se ocupaba de los chicos, Antonio, que tampoco tuvo tiempo de hacer ningún duelo, comenzó su peregrinar por Tribunales. Aprendió de expedientes, de allanamientos, de pruebas; él encabezaba la investigación y no dejaba pasar nada. “Estuvimos noches enteras leyendo los expedientes, hice mil veces el recorrido que hizo mi hija y hasta le llevé una maqueta al juez para convencerlos de hacer una reconstrucción”, relata Antonio. En el proceso, hasta el juicio que terminó condenando a los responsables de la muerte de Cristina, los Olivares tuvieron que lidiar con otras injusticias; cambiaron abogados, cambiaron jueces, muchos se acercaron para sacar provecho de su dolor, los amenazaron y hasta recibieron una notificación para su hija muerta. “Si me hubiera quedado en mi casa a llorar, los asesinos de mi hija todavía estarían libres”, afirma Antonio.

El juicio terminó pero sigue otro proceso, el de reconstruir sus vidas, sus vínculos, el de aceptar y reconocer esta nueva familia que son. Les quedan algunas batallas, una de ellas es la de lograr que sus nietos lleven el apellido de su madre y no el de quién está preso por quitarle la vida a ella. “Mi nieto más grande sabe lo que pasó y no quiere saber nada con el padre, ni con ése apellido. En la escuela y para quién pregunta él es Olivares y nosotros queremos que de una vez por todas podamos hacer la adopción”, señala Sandra.

El camino es cuesta arriba casi siempre, pero nunca veo en Sandra rencor, nunca se queja y aunque no todos los días son buenos ella llega con una sonrisa, celebra la última nueva de los chicos o promueve alguna iniciativa. Goza de un sentido común que bien podría haber perdido en medio del dolor, su sensatez no deja entrar el odio y su solidaridad es tan genuina como transparente. Sandra es amor, su corazón herido no claudica, y eso la salva a ella, a su esposo, a sus hijos y a sus nietos porque hasta su dolor más profundo no es capaz de desviarla de su objetivo: darles felicidad.

 

María Rosa Ortega: Cuando la libertad sujeta las heridas

Cuando María Rosa tenía 17 años se casó y a los 10 días, en plena luna de miel, su flamante marido le asestó el primer golpe de los que se sucedieron a lo largo de 37 años. “El primer golpe fue suficiente para que no parara” dice ella. “No estoy muerta porque siempre le rogué a Dios, gracias a Dios estoy viva”, afirma María Rosa, cuya fe es lo único que el hombre que debía amarla no le destruyó. Además están las heridas que no se ven pero que sangran en el alma y en la mente porque “No podía salir, no podía hablar con nadie que él no aprobara, vivía con miedo, visitaba a mi madre a escondidas, era un esclava y todo transcurría entre cuatro paredes”. Pero el espíritu de María Rosa trascendió cada uno de los golpes, cada uno de los maltratos, físicos, psicológicos y simbólicos. Ya no tiene miedo y transformó su calvario de 37 años en una obra que cuenta su experiencia visibilizando, en primera persona, la realidad que viven cientos de mujeres atrapadas todavía en esas cuatro paredes que son tan mentales como materiales.

¿Cuándo dijo basta?, le pregunté, y su relato tan simple y determinante me estremeció. “Fueron mis hijos, uno me llamó y me dijo –ya está mamá ¿no te parece? Ya es hora, él tiene otra mujer embarazada. Esa noche le dije –Ya se que tenés otra mujer ¿porqué no me dejás libre?, se volvió loco, empezó a tirar las sillas y entonces yo retrocedí y salí corriendo, con lo puesto, corrí y corrí y corrí hasta que llegué a la casa de mi hijo. Cuando abrió la puerta y me vió, se dio cuenta – entrá mamá, acá no te va a pasar nada me dijo”. Un momento, una decisión, un acto de arrojo y después la libertad.

Pasaron como dos meses hasta que salí por primera vez de la casa de mi hijo y ahí fue cuando, de repente, me di cuenta que era libre, que podía caminar entre la gente, mirarlos, hablarles, que no tenía horario de llegada, que nadie me controlaba, que era libre”, lo describe con una elocuencia, con un sentido tan visceral de lo que significa la libertad que uno puede vislumbrar, en su expresión, lo valioso de su testimonio para animar a otras que aún no pueden despertar de su pesadilla. María Rosa no puede eludir un extenso capítulo de su historia, lleva las huellas en su cuerpo y lucha contra los recuerdos, sin embargo se reconstruye y le pone contenido a su nueva vida, la que ahora vive en libertad.

No quisiera haber escrito sobre ellas, sobre su templanza tras enfrentarse cara a cara con la violencia de género, sobre su sabiduría frente a la tragedia o sobre cómo, a pesar de todo, viven con esperanza. No quisiera haber abordado un después de la violencia de género cuando en realidad falta de todo para un antes. Me motivan las ganas de ambas por hacer, hacer para sanar, hacer para ayudar a que no haya una víctima más, hacer para vivir.

Y no, en rigor, esta no es una nota sobre violencia de género; es la nota sobre dos mujeres que se sobreponen al dolor, día a día eligen vivir. Ellas no olvidan, siguen preguntándose porqué, muchas veces lloran, el corazón les duele de una manera que nunca podría explicar con palabras porque no puedo ni imaginarlo. Algunas veces aparece el miedo, la culpa, la bronca, nunca el odio, nunca el resentimiento, nunca, nunca la derrota. Ellas abren los ojos, se visten de alegría, se convencen de que tienen un rol que cumplir y entonces, viven.

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Comments

  1. Relato conmovedor y descarnado que mueve la indignación. La periodista bucea almas despellejadas tratando de no herir más de la cuenta las llagas de dos mujeres estropeadas por la vileza de seres patológicos; y que sin embargo como alquimistas de la sublimación, transforman su dolor cotidiano en amor reparador. Un pasaje desgarrador que la periodista con estilo extrae de lo atroz, la transformación del espanto en arte mayor.

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