Gisele Falcone

Próxima a recibirme como Licenciada en Periodismo por la Universidad FASTA y con un título intermedio como Realizadora y Productora de televisión por el IFTS 15, dictado en las instalaciones de la TV Pública Argentina. Conductora del Programa radial, “OTRA VUELTA: Análisis informativo de tú lado” que se emite, todos los domingos, por la radio de la Universidad Nacional de Mar del Plata . Colaboradora como periodista extranjera, realización de informes audiovisuales, para la Agencia Cubana de noticias, Prensa Latina televisión. Escribo notas, me apasiona el porqué de las cosas y en especial, del acontecer diario. Periodista, editora y realizadora audiovisual. https://gfalcone.wordpress.com/

 “Mi educación, mi cultura y la visión de la sociedad tal como era, todo me convencía de que las mujeres pertenecían a una casta inferior”. Simone de Beauvoir

La batalla ideológica se da desde los medios y su principal herramienta de comunicación es la palabra. Y la palabra no es sólo una cuestión meramente lingüística, también es política.

La intención de presentar al lenguaje despojado de intencionalidad, de ideología o de poder simbólico y estereotipado es una falacia.  El uso del lenguaje no es solo para comunicar opiniones o ideas, también es una herramienta de poder y la forma de comunicación más directa tiene, entre sus herramientas, la de moldear el pensamiento. La lengua está codificada e institucionalizada ya que es, al fin y al cabo, un conjunto de convenciones.

El lenguaje se rige por normas. Y, ¿qué es una norma?, según la Real Academia Española: es la regla que se debe seguir o a que se deben ajustar las conductas, tareas, actividades. Es decir -y citando al filósofo contemporáneo Dario Sztajnszrajber– si existe una norma, es porque alguien la puso y si alguien la puso, es porque conviene.

En palabras de la sociolingüista, Mercedes Bengoechea, “la lengua es una institución más, como otras, y por tanto, una construcción social y, como tal, sujeta a mejoras y modificaciones”.

Según Bengoechea, el idioma español también es androcéntrico. Esto significa que se ‘centra en el varón’ y basa este concepto en que el género masculino abarca a toda persona mientras no se especifique lo contrario. El uso de la expresión “hombre” como “sinónimo de humanidad” es un gran ejemplo.

Si queremos denominar a un grupo de personas donde sean casi todas mujeres a excepción de un varón, tendremos que denominarlo igualmente con el másculino genérico. Un ejemplo sería: “grupo de cocineros”, “grupo de chicos” o “grupo de funcionarios”, ¿No suena al menos raro?, ¿No nos imaginamos que hay mayoría de hombres en vez de mujeres en esas frases?

En nuestro idioma, los gentilicios, los oficios y las profesiones o la situación social son una muestra de esto y acarrea ciertas situaciones como:

  • -La asociación del masculino como garante de un mayor profesionalismo y estatus.
  • -Vacíos que existen en la denominación de ciertos oficios que ejerce también la mujer, (aun cuando la RAE,  haya actualizado y modificado a lo largo de estos años palabras de oficios como: CONCEJALA, PRESIDENTA, JEFA, MINISTRA, BOMBERA, SASTRA, MAGISTRADA, POETISA, entre otras).
  • -Las connotaciones peyorativas hacia la mujer; como:

La palabra solterona, puede conllevar una acepción de una mujer físicamente no demasiado atractiva, ya que el estado de ser soltera no es pretendido sino impuesto. Mientras que comparado con su equivalente masculino, soltero, posee un sentido positivo ya que puede entenderse que el hombre es soltero por su propia voluntad (teniendo en cuenta que lo esperado sea que el varón pida la mano a la mujer y no al revés).

Otros ejemplos podrían ser:

“Jefe”, es la persona que manda, mientras que “Jefa” equivale a mujer mandona; “sargento”, es el militar que pertenece al grado del mismo nombre, pero “sargenta” puede reconocerse como la mujer autoritaria y de modales bruscos.

Hay adjetivos que tienen también distinto valor semántico peyorativo si se refieren a mujeres, y muchas veces se relacionan con su conducta sexual:

 “Un hombre público” es el que tiene una vida pública conocida, en general como político, mientras que “una mujer pública” podría ser considerada como prostituta; “un hombre serio” equivale a una persona trabajadora y responsable, mientras que “una mujer seria” se aplica a la que se comporta púdicamente con los hombres.

Cómo asegura la académica Helene Norbek, en su tesis sobre el sexismo en el lenguaje, este tipo de análisis del léxico nos permite ver que las palabras pueden conservar huellas de realidades que quizás ya no existen, pero que están fijadas en cada una de ellas y que a simple vista no podemos detectar sino a través de un estudio exhaustivo.

Este tipo de análisis, no son pertenecientes a un partido político, ni a una moda, si no a un cambio de época en donde la lucha en contra del poder hegemónico va tomando relevancia y trascendencia. Sin ir más lejos, la Conferencia General de la UNESCO en su 25a. reunión, en el párrafo 3 de la parte dispositiva, invita a seguir elaborando directrices sobre el empleo de un vocabulario que se refiera explícitamente a la mujer, y promover su utilización en los Estados Miembros ; y velar por el respeto de esas directrices en todas las comunicaciones, publicaciones y documentos de la Organización.

En nuestra sociedad, y desde sus espacios socializadores, sigue pisando con fuerza estereotipos que transmiten una conciencia patriarcal. La familia es un ejemplo de eso aunque el padre y la madre trabajen, las mujeres en promedio destinan el doble de tareas en desarrollar tareas domésticas y de cuidado.

El catolicismo, religión preponderante en nuestro país, no permite a la mujer el acceso a cualquiera de los cargos de su estructura jerárquica.

En el sistema educativo, se le da mucho hincapié a los padres de la Patria, y deja un espacio casi nulo a aquellas mujeres que también intervinieron en papeles decisivos de la historia.

En lo económico, a las mujeres les cuesta más obtener empleo y en las mismas posiciones, el hombre puede llegar a ganar hasta un 35% más que una mujer.

Es necesario poder generar estos tipos de debates con respecto al uso y poder de las palabras como agentes de cambio. La comunicación es un derecho humano básico y fundamental (recibir y emitir información) que se encuentra amparado por nuestra constitución, y la comunicación con un enfoque de género es una gran herramienta para luchar contra las desigualdades que existen en nuestra sociedad hacia las mujeres.

Por eso, la generación de estos nuevos espacios de inclusión, y desde la palabra es un comienzo. Ya que, lo que no se ve, no existe. Y, ¿dónde podemos estar más presentes, visibilizadas y representadas si no es en el discurso diario?

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