Se suele decir que una imagen vale más que mil palabras. ¿Acaso de ahí deriva el poderío impresionante de las redes sociales?

Hay cierta creencia, casi ciega, en que lo que vemos es la realidad y que no median redes culturales de signos . Hoy, lamentablemente, las redes sociales tienen el “poder”, gracias a sus más de 2 mil millones de usuarios (Facebobok por ejemplo), para configurar y reconfigurar identidades individuales y colectivas, por lo que esta sociedad occidental es entonces, una selva plagada de imágenes, que deben ser interpretadas y reinterpretadas constantemente. Las redes sociales son hoy día, elementos fundamentales en las producciones colectivas e individuales de sentido, de pertenencia, de identidad y cultura. En la multidireccionalidad de esas redes, desaparece el original y todas las imágenes se convierten en copias, donde el camino a los orígenes ha desaparecido.

Esa forma de cultura de la preponderancia de la imagen por sobre el texto se ha metido hasta lo más íntimo de millones de personas, borrando las fronteras entre lo público y lo privado. Y allí se piensa entonces si las imágenes que difundimos de nosotros mismos o la que vemos de nosotros son un reflejo, una representación, una imitación o una construcción deliberada y sobreactuada de lo que queremos mostrar y/o ver de otros.

Las prácticas de construcción de imágenes en la cotidianeidad pareciera que consiguen disolver esa frontera entre reflejo y construcción, quebrando así cualquier pretensión de literalidad. Es entonces que nos preguntamos ¿cuál es el poder que tienen las redes sociales para configurar un nuevo yo social virtual? ¿Qué importancia le da la sociedad joven a estos “medios” y redes en su vida y cuán pendiente están de ellas, no sólo para comunicarse, sino también para definir, reafirmar o cuestionar su propio yo material de la vida cotidiana?

Éstas imágenes virtuales nos señalan, nos dicen, nos dictan, nos interpelan, nos desnudan o nos visten con “ropajes” ajenos a lo que en verdad somos. Por eso las redes sociales son escenario de imágenes. Todo está dispuesto a la excitación visual de lo bello y perfecto. Entonces es cuando puede entrar en conflicto la identidad base de la persona con el fin de “agradar”, de obtener más aprobaciones (likes) y tener conductas adictivas a internet y a las redes sociales.

Los medios digitales generan múltiples nuevos contextos para expresar y explorar aspectos de la identidad. Los individuos actúan en distintos espacios, creando diversas identidades que van cambiando a muy rápida velocidad y que pueden generar experiencias interpersonales e intrapersonales enriquecedoras o destructivas, según cómo se utilice la comunicación online (tiempo de uso, tipo de grupo social virtual elegido, entre otros). Son millones los individuos en todo el mundo, especialmente adolescentes y jóvenes, que se han dejado seducir por las nuevas tecnologías e internet, incorporándolos en su vida cotidiana, en sus comunicaciones y en sus vínculos.

Sin embargo, la aparición de diferentes aplicaciones ha estado ligada al desarrollo de conductas adictivas  en algunos individuos con determinadas características, creándose a partir de ello el concepto de Conducta Adictiva a Internet y Redes Sociales. El mundo ha cambiado en forma “repentina” durante los últimos 27 a 30 años. La génesis de esta afirmación se puede argumentar, de manera arbitraria claro está, en la caída del muro de Berlín en 1989, momento que el capitalismo y luego en su versión neoliberal, triunfaron por sobre el comunismo, erigiéndose como el sistema rector de la vida social, económica, política del mundo entero.

A partir de ese entonces, las formas por las cuales las personas se comunican, interactúan,  construyen relaciones y sentidos se liberalizó de tal manera que las tecnológicas de la información fueron una de las industrias de mayor crecimiento, expansión y creadoras de productos revolucionarios en materia de comunicación social. Hoy, todo el mundo está conectado. Facebook, Google, Twitter e Instagram son amos y señores de las redes sociales y de la web. Juntas acumulan ganancias multibillonarias al cotizar en el índice Nasdaq de la Bolsa de Nueva York.

Estas redes y empresas tecnológicas son gigantescas y su poder es tal, que son parte de la vida cotidiana de cientos de millones de personas en todo el mundo, quienes ven como sus datos y metadatos son usados para generar plusvalía privada. Publicidad dirigida, si hablamos en lenguaje “común”.  Y todas ellas tienen algo que las caracteriza entre sí: La utilización que hacen sus usuarios de las imágenes: fotografías propias o ajenas que suben y comparten, convirtiendo lo cotidiano en viral. Lo simple en espectacular, lo ajeno en propio y lo propio en ajeno.

Las fronteras de la vida pública y privada han desaparecido (o están en próximas vías de extinción). Es muy raro encontrarse con alguien que no tenga Facebook, Twitter o Instagram. Por este motivo, y muchos otros claro, los medios tradicionales de comunicación están en grave crisis o incluso directamente quebrando y desapareciendo. ¿Por qué? Porque estas redes, que no producen información per se (Instagram y Facebook por ejemplo) sino que se nutren de sus millones de usuarios, han quebrado la lógica de distribución y comercialización de los contenidos de las grandes industrias audiovisuales de información y comunicación. E incluso, han dañado su lógica editorial, a través de la mal dependencia que los medios de comunicación tienen ahora por los clicks, likes y conversiones.

Es decir, apareció la “dictadura del click“. Estas redes sociales ya han dejado de ser sólo medios por los cuales A se comunica con B para pasar a ser parte intrínseca de la vida real de las personas, que en vez de levantarse de la cama cada día a desayunar, chequean sus redes sociales como primera, automática y casi obligada actividad. Y hasta en cientos o millones de ocasiones estos “gigantes sociales” han llegado a ocupar el lugar donde las personas eligen configurar o reconfigurar su propia identidad, su nuevo yo psicológico: El yo social virtual.

En todo ello, las imágenes juegan un rol vital, preponderante, excluyente. Ya lo dijo Platón: “es absolutamente necesario que este mundo sea la imagen de algo”. Nuestro mundo es el de la imagen. Desde la fotografía de nuestro rostro en un papel (DNI), nuestra identidad se constituye y construye por las imágenes. Pero el poder de las imágenes tiene una doble cara: no sólo nos muestra cómo somos, sino que también es amenaza en sus modos de mostrarse como un olvido y un ocultamiento del ser que reproduce técnicamente, es decir que el tratamiento de las imágenes por distintos medios esconde un peligro inherente, que es el de reemplazar a la realidad misma por un nuevo yo social virtual, alejado del yo real terrenal concreto y palpable.

En el tenso juego entre las visibilidades e invisibilidades que la imagen y las imágenes posibilitan, las identidades primarias concretas de los jóvenes usuarios de redes sociales emergen como símbolos de disputa por las significaciones de lo público. En miles o millones de ocasiones, las imágenes que subimos o vemos dentro de las redes sociales son imágenes a medida del mercado, donde lo bello, perfecto, seguro y atractivo reúne más “likes” que imágenes de realidades duras o de conflictos, salvo excepciones de catástrofes naturales o humanas.

Es decir, “vendemos” nuestro ser a través de las imágenes que proyectamos de nosotros mismos y somos engranajes del marketing social virtual, que se sustenta en la construcción de espacios y cuerpos deseables, por lo tanto consumibles. La imagen casi nunca es “el fiel reflejo de la realidad” o la “objetividad pura”, ya que para cada imagen depende el contexto, el encuadre, la luz, el fondo y hasta los “filtros”. Poco puede resultar azaroso. Las imágenes son modos de representación, de estar en el lugar de otra cosa o representar algo que en la realidad de la vida terrenal puede no existir, por lo que entonces termina no siendo un equivalente de la cosa representada.

Para el filósofo Jacques Ranciere, en su libro El Espectador Emancipado, “la imagen no es el doble de una cosa o persona. Es un juego complejo de relaciones entre lo visible y lo invisible. No es la simple reproducción de lo que ha estado delante del fotógrafo. Es siempre una alteración que toma lugar en una cadena de imágenes que a su vez altera”. Por lo tanto, la imagen de una persona en la red social puede no ser lo que esa persona en realidad es, o lo que es peor, proyecta lo que quiere ser y no puede, por lo que entonces se autoconstruye un yo psicológico social virtual distorsionado que no existe en la materialidad, todo con tal de agradar y ser aceptado por el círculo de la red social virtual a la que pertenece y alimenta.

Es entonces cuando esas imágenes proyectan deseos imaginarios, cierto deber ser, expectativas y aspiraciones. En el juego de las construcciones de imágenes, es posible a su vez rastrear huellas de aquello que la imagen no quiere o no puede mostrar. Así todo, la realidad pasa a ser una fábula, un montaje, mero espectáculo que se traza sobre imaginarios preestablecidos, y esto tiene que ver con la irrupción de lo privado con lo público, pensado para ser consumido voraz y fugazmente.

La porosidad de lo público y lo privado establecen nuevas dinámicas de sentido en el mundo contemporáneo, desarrollan diversas pautas de interacción social y marcan, a su vez, las modalidades de consumo y cultura. Ya no hay privacidad. Es más, casi no nos interesa, pues sabemos que es el precio que debemos pagar por la “gratuidad” de los usos de internet (pero no del acceso a la misma). Las imágenes, por consiguiente, se transforman en experiencias estéticas, en memoria y en tacto.

Lo último se explica sencillamente por un detalle: Podemos “tocar” a otro/s  o nos pueden “tocar” a través de las miradas que se notan en las imágenes. Y las miradas… son una forma de “contacto”, aunque esto se dé mediada a través de una pantalla de no más de 6 pulgadas. Sin embargo, nunca la tecnología será capaz de acercar la calidez o frialdad de las miradas cara a cara, pues es en ese escenario donde hay metalenguajes en juego que exceden en complejidad a meras fotografías en las redes sociales.

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